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LA LEYENDA DE SAN JORGE 


EL FUEGO EN LOS OJOS DE UN GUERRERO

Los corajudos asediadores de Wasqa, la ciudad musulmana, comenzaban a
mostrar signos de agotamiento. Dos dÍas antes Sancho RamÍrez, su rey,
habÍa perdido la vida bajo las murallas.

Los defensores, aliviados y fortalecidos por su muerte combatían más
seguros. Sus batallones, cuándo repelían los ataques de los cristianos,
se alejaban cada vez más de la urbe en un intento de hacer regresar al
enemigo a su fortaleza del castillo de Montearagón.

Casi sin fe y con la disputa sobre el río Isuela, una montura blanca que
portaba una figura esbelta de porte noble resplandeció sobre lo alto de
la loma de Alcoraz.

El caballero, ataviado con un peto blanco y una cruz roja pintada en su
torso, galopó raudo al clímax de la batalla. La lucha recuperó
nuevamente su actividad con un vigor inusual por parte de los
conquistadores.

El inesperado invitado se convirtió, por derecho, en protagonista, pues
su lanza tumbó más rivales que nadie. Los que escribieron sobre la
disputa, que acabó dónde apareció el héroe, anotaron la victoria
cristiana el 15 de Noviembre del año 1096.

Días más tarde cuatro fornidos rufianes malcarados entraron con miradas
fisgonas al Fosco, una taberna abarrotada.

El misterioso recién llegado de tez blanca y pómulos prominentes parecía
distraído.

— ¡Tú nos acompañas ahora! —gruñó uno de los rufianes mientras los otros
tres le rodeaban.

Uno de los múltiples tatuajes que cubrían el cuerpo del combatiente,
concretamente el de una daga situada en su brazo derecho, brilló y ésta
se materializó en sus manos. Con un rápido movimiento atrapó en presa a
uno de los atacantes y miró a sus compañeros amenazando con degollar a
su prisionero.

La taberna quedó enseguida vacía ante los pasos huidizos de los habituales.

La noche siguiente, en la misma mesa, el héroe anónimo recibió la visita
de un hombre cubierto con una capa y tapado con una capucha. La luz de
la vela, sobre la mesa, se movía nerviosa, exactamente igual que los
corazones de todos los oscenses de la taberna.

—Ahora es Osca de nuevo y no Wasqa, como la llamaban los de la taifa de
Saraugusta. Es leal y heroica pues lo son sus gentes, pero seguirá
siendo invicta gracias a ti

—¿Quién sois?

El hombre de ojos marrones y voz recia se quitó la capucha y siguió
hablando en tono bajo.

—Me llamo Pedro, y soy el primero de Aragón. Mi padre fue el rey Sancho
Ramírez que perdió la vida intentando asaltar las murallas de la ciudad

—¿Y qué quieres? —contestó el sagaz luchador de ojos azules y escaso verbo

—Los que me dicen de las batallas son gente culta. Han vivido mucho y
muy distinto y no han visto a nadie como tú. Te necesito. Contigo a mi
lado uniríamos los territorios de Levante y Castilla sin duda ¡Ayúdame a
evangelizar las tierras!

El misterioso soldado se levantó y abandonó la cantina sin mediar palabra.

Al día siguiente las puertas de una ermita altoaragonesa eran aporreadas
por la empuñadura de un enorme mandoble.

Varias habitaciones después el fiero hombre gesticulaba escupiendo
palabras, como un dragón en pleno aliento.

—Las negras barbas del rey irrumpen de madrugada en la morada del señor
para decirme que San Jorge habita entre nosotros... ¿Habéis dormido bien
en vuestros aposentos o vuestra compañía nocturna ardía en estado febril?

—Llegó en plena batalla. Viste el peto blanco y la cruz roja de los
cruzados. Su dominio con la lanza y no digamos su golpe a espada son
dignos. Su posición en batalla es precisa y su capacidad para abatir
enemigos entre líneas increíble.

—Pedro, el caballero turco vivió el 275 o el 280, cristianizaste la
ciudad el 1096...

—Su acento también es turco y los que mandé para que lo trajeran ante mi
decían que materializaba los tatuajes que cubren su cuerpo.

—¿Y qué esperas que haga yo? —respondió Ramiro con cara de circunstancias.

—Lo que haga falta, pero le necesito en estos tiempos de reconquista...

—¿Estás dispuesto a perderlo todo para ganarle?

—Haré lo que sea necesario para recuperar a tan inestimable bendición.

—¿Deseas el fuego en los ojos de un guerrero?

Dos semanas después Pedro I partió para Valencia a combatir al lado del
Cid que enfrentaba a los Almorávides.
Aquella tarde el huidizo turco acampaba aprovechando las últimas luces.

—Busco la ciudad —un hombre de piel oscura miraba sus tatuajes e
iniciaba la plática.

—Tienes varias jornadas pero es tarde y esta zona no está segura. Mejor
mañana.

—Me llamo Haiku y estaría complacido si pudiese resguardarme aquí en la
larga noche

—Soy Mehtap y éste no es mi hogar, así que claro que podéis quedaos

—¿No os aceptan aquí? —preguntó el anciano algo más tarde y a la luz de
un buen fuego.

—En Turquía nunca lo hicieron. Aquí parece que todo el mundo lo tiene ya
todo atado.

—No te dejes impresionar —intentó consolarle—, todos tenemos algo que
hacer, una misión.

—Cambié mis ropajes por los de un cruzado y llegué aquí...

Un rato más tarde el turco recostado miraba al fuego mientras Haiku
permanecía sentado sobre un saco escondiendo en las sombras unos
antiguos ojos rojos.

Un fuerte olor a humo y quemado despertó a Mehtap la mañana siguiente.
Era un 23 de Abril. El fuego se había consumido y nadie le acompañaba.

Cuándo hizo por levantarse algo del mismo color de las telas de sus
pantalones se desprendió de él. El turco sostuvo el extraño, traslúcido,
rugoso y escamado manto que le había protegido del frío en la noche.

Su color cambiaba con el viento.

Tres días después el héroe de Alcoraz llegó a la ciudad envuelta en
restos humeantes. Las gentes yacían carbonizadas y las haciendas
claudicaban vaporosas.

El guerrero cabalgaba tenso entre los pinos de la loma de Alcoraz cuando
una llamarada dirigida contra él le hizo agacharse y esquivar el ataque.

—¿Eres tú la maldad que ha asolado la ciudad?

—No hay vileza en lo que hago, tan solo deber.

Una nueva explosión de fuego sorprendió a Mehtap quién materializó un
escudo y lo alzó protegiéndose de las llamas. El enorme dragón escamado
era ya visible. Su piel, mimética, cambiaba a cada instante y había
tomado aspecto incandescente.

El turco arengó a su caballo blanco intentando destrabarse del combate.
Su oponente aleteó comenzando una persecución a ras de suelo sin dejar
de soltar fuego por la boca. Los árboles ardían uno tras otro dejando un
enorme surco en la cima verde.

El jinete frenó su caballo y enfrentó la monstruosidad.

—Gracias por indicarme dónde estaba la ciudad —rugió el dragón
escupiendo vapor.
—¿Haiku? —preguntó con asombro.
—¡Qué hay chico! Estas montañas de aquí hacia el Norte son perfectas
para nosotros. Ahora ningún hombre podrá hacerme rugir de dolor...
—¡Más yo no soy un hombre! —respondió revelando una melena castaña bajo
su casco.

La verdad sobrecogió tanto al dragón que permitió que la guerrera
agarrara una rama caída por el fuego cuya punta abrasaba y corriese en
dirección a su fiero oponente.

El torso escamado de la bestia batía insistentemente sus alas con la
madera clavada en su costado y con el héroe agarrado a ella.

El ser alado se elevó sobre los pinos volando sobre la ciudad.

—Cuando termine contigo no quedará aquí nada de lo que una vez hubo. Los
dragones volverán a dominar este mundo y todo se perderá.

La valiente turca se agarraba a la rama clavada como podía intentando
trepar por las escamas o los pinchos que recorrían vertebrales a la
criatura.

—¡Acabemos con esta justa que tanto se resiste!

El inmenso pájaro acercó sus alas al tronco y comenzó a ganar altura de
la misma manera que lo haría un cohete. Sin apenas respiro Haiku se dejó
caer metros abajo en dirección a la explanada en lo alto de la loma, a
velocidad endiablada.

Las ramas de los árboles atraparon al caballero caído y el dragón
mimetizó su color dejando de ser visible.
Lo alto del cerro comenzó a arder.

—Hasta ahora los tatuajes de mi cuerpo me han servido para ocultar mi
condición de mujer ¿sabes? —sugirió la guerrera intentando ganar tiempo
y detalles.

—Por eso estás aquí ¿verdad? Querías pelear...

Ella se fijó en un trozo de rama entre el fuego, suspendida sobre el suelo.

—Me oculto igual que lo haces tú, sin ser visto, pero procuro tapar mis
heridas, especialmente si éstas me delatan...

Mientras hablaba materializó una lanza que atravesó al dragón hasta
clavarse en el suelo. Su armadura quedó empapada de la sangre amarilla
de la bestia cuya piel tomaba color del fuego de los árboles que les
rodeaban.

El ser alado se hizo visible y sus escamas se empaparon del rojo de la
tierra dónde permanecía caído.

—Siento que no puedas ser el lacayo de los tuyos...

El caballero amarillo hizo que una nueva lanza de su tronco tomara forma
y atravesó el corazón del dragón rojo. Los borbotones de sangre,
liberados, se plasmaron a franjas sobre la armadura de cuero color de sol.

A los pocos meses el rey volvió victorioso del Levante. Mehtap fue
declarada como el Santo Jorge, patrono y salvador de la ciudad, invicta
en dos ocasiones.

La explanada sobre la loma de árboles fue conocida como el cerro de San
Jorge desde entonces y aprovechando el surco de fuego y árboles quemados
dejado por la bestia se aprovechó para crear camino.

Se levantó una iglesia y luego una ermita en lo más elevado de aquél
lugar y cada 23 de Abril se homenajea al héroe de la ciudad, aunque
pocos conocen la verdadera leyenda de San Jorge y el Dragón.

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