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LA LEYENDA DE PYRENÉ 



LA LEYENDA DE PYRENE´

En un lugar del norte en un momento muy muy lejano vivía Túbal,
considerado por muchos como el Dios del Olimpo y quien habitó por
primera vez la península ibérica.

De la unión de Túbal y una sirena nació Pyrené, una joven de belleza
turbadora, profundos ojos verdes y mirada penetrante y peligrosa, pues
todo aquel que la miraba pronto quedaba preso de un hechizo de amor.

A la joven le gustaba pasear entre los bosques de las llanuras
alejándose de otras preocupaciones y así pasaba sus días y sus lunas,
contemplando toda la belleza que le mostraba el mundo.

Pasó el tiempo y el cada vez más anciano Dios del Olimpo enfermó.
Convertido por amor en mortal, su cuerpo le alejaba de la vida.

Pyrené pasó semanas recorriendo los bosques, recolectando raíces y
cociendo hierbas que aplicar a su enfermo padre. Desesperada, se dirigió
a un cruce de caminos donde enterró tres cucarachas muertas.

A las pocas horas un hombre de mediana edad interrumpió su deambular
tranquilo por los bosques.

—En realidad eres la más bella de cuantas mujeres he visto, Pyrené.

—¿Eres tú el ángel caído? —respondió la joven mirándole fijamente—.

—Así es, y tres deseos he venido a concederte

—Cura a mi padre y líbralo de la enfermedad

—Como sea tu voluntad, turbadora belleza entre las ramas —respondió el
demonio al tiempo que se alejaba—, pero recuerda que tras pedir los
deseos tu alma me pertenecerá para siempre.

****

Pasó el tiempo y Túbal recuperó su salud y su hija volvió a sonreír y a
pasear tranquilamente por los bosques, pero aún así la paz no duró
mucho, pues una tribu de salvajes guerreros llegó a la península y no
tardaron en atacar las tierras del Norte.

Túbal cayó muerto en combate y Pyrené fue capturada prisionera. Sin
saber a quién recurrir, la joven pidió el segundo de sus deseos.

—¡¡Ser oscuro de la noche, te invoco!! Te lo ruego, ven en mi ayuda

Satanás se acercó a la jaula donde la joven estaba atada.

—Ya os habéis decidido a amarme ¡ojos mágicos! tengo espacio a mi lado
para la chica que pasea por los bosques, el infierno es grande...

—Nunca jamás os veréis correspondido, desertor, os he llamado porque
deseo a Hércules, la fuerza del Olimpo que nos librará de la invasión de
estos salvajes.

—Si es vuestro deseo, os lo concederé, pero tened cuidado porque la
próxima vez que nos veamos vuestra alma me pertenecerá para siempre, y
vos, turbadora, nunca más podréis pasear por los bosques

El demonio agarró suavemente la mano de la chica dulce y callada de ojos
verdes.

—Estoy muy solo —suplicó el malvado— la eternidad es colosal y vuestra
mirada es brisa y suspiro, pues en verdad, quitáis el aliento

****

Pasados tres días el poderoso Hércules llegó a la península y planteó
disputa a los salvajes, quienes tras sangrientas luchas capitularon,
huyendo aquellos que el hijo del Dios no había matado.

El vencedor liberó a la hija de Túbal, quedando instantáneamente
prendado de su belleza.

****

Pasaron días y Hércules y Pyrené se convirtieron en amantes que
festejaban su amor entre las hojas del bosque.

Un día, paseando Pyrené entre los árboles apareció Gerión, un monstruo
de tres cabezas cuyo deseo era poseer a la más bella mortal, enfermo de
amor.

Ella, viendo la muerte muy cerca invocó al demonio.

—Te reclamo, Lucifer, acude para cumplir el tercero de mis deseos y
finalizar nuestro trato

—Veo que has comprendido cual va a ser tu destino, y no opondrás resistencia

—¡¡¡Maldito estás, demonio, y como siempre lejos de la verdad, cumple lo
que yo te planteo y tuya será mi alma, haz nacer en este lugar del Norte
la cadena de montañas más singular e inspiradora de todos los
reinos...haz crecer plantas que no aparezcan en ningún otro lugar y cuyo
verdor engalane sus tierras, haz que el lugar lo habiten animales de
todos los tipos y especies que cuiden y mantengan el manto verde de toda
la sierra, y haz que todo ello lleve mi nombre, demonio!!!

Satanás, loco de ira ante la obligación de cumplir el deseo de la joven,
incendió el bosque.

Un águila huyó de entre los árboles en busca de Hércules, aunque este
nunca llegó a tiempo pues cuando regresó su amante ya había desaparecido.

El hijo del dios, encolerizado, golpeó de tal forma el suelo y
provocando tal tiemblo que enormes piedras crecieron dando forma y
cumplimiento al deseo de Pyrené.

Hércules, atronando el nombre de su amada, hizo escuchar el nombre de
aquellas montañas desde aquel momento a las gentes que vivían en los
alrededores.

—¡¡¡Pyrené...os amo!!!

—¡¡Pirine os amo!!

—¡¡Pirineo...s amo!!

—¡¡Pirineos...!! —entendieron las gentes.

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