La leyenda de La Campana de Huesca

La leyenda de la firmeza de un rey

La Leyenda de la Campana de Huesca cuenta cómo Ramiro II, conocido como el Monje, un rey considerado inexperto y débil, logró imponerse con decisión ante los nobles aragoneses que amenazaban con controlar el reino.

Tras la muerte de su hermano Alfonso I el Batallador en 1134, sin descendencia, Ramiro, que hasta entonces vivía en un monasterio en Francia, fue llamado a ocupar el trono de Aragón. Sin embargo, muchos nobles, confiando en su supuesta falta de autoridad, comenzaron a desafiarle, provocando una situación de ingobernabilidad.

Buscando consejo, Ramiro II envió un emisario al abad de Saint Pons, su antiguo mentor. Sin pronunciar palabra, el abad lo condujo al huerto y, con un cuchillo, cortó las hojas de col más altas y sobresalientes, transmitiendo simbólicamente la necesidad de eliminar a los nobles más problemáticos.

Ramiro entendió el mensaje y urdió un plan. Convocó a los nobles rebeldes con el pretexto de mostrarles una campana de tamaño colosal, cuyo sonido resonaría en todo el reino. A medida que iban entrando a la sala, eran decapitados por un verdugo, y sus cabezas dispuestas en círculo en el suelo. Una de ellas fue colgada en el centro con una soga, simulando el badajo de una campana. Cuando los demás nobles entraron, contemplaron el macabro resultado: la Campana de Huesca ya había «sonado».

Este relato, que simboliza la determinación y firmeza de un monarca inesperado, está representado en el cuadro La Campana de Huesca (1880), pintado por Casado del Alisal, que puede contemplarse en el Salón del Justicia del Palacio Consistorial. Además, el Museo de Huesca dedica una de sus salas a esta leyenda, donde se contextualiza su historia y su relevancia en el imaginario aragonés.